sábado, 31 de agosto de 2024

CASO DE ANDRÉS FILOMENO MENDOZA CELIS, "EL CANÍBAL DE ATIZAPÁN" CAPÍTULO 1: LA MÁSCARA DE LA NORMALIDAD


 


Atizapán de Zaragoza, un municipio del Estado de México, era un lugar como cualquier otro. Casas de colores pastel, calles tranquilas y una comunidad que se conocía de vista. Entre sus habitantes se encontraba Andrés Filomeno Mendoza Celis, un hombre de la tercera edad, cuya vida parecía transcurrir con la monotonía de un reloj. Trabajaba como carnicero en el mercado local, un oficio que le había otorgado una destreza particular con los cuchillos, una habilidad que, años más tarde, se revelaría como un macabro presagio.



Los vecinos lo describen como un hombre amable y reservado. Sonreía con timidez, saludaba con la cabeza y mantenía conversaciones breves sobre el clima o los precios de la carne. Nadie hubiera imaginado que detrás de esa fachada apacible se ocultaba un oscuro secreto que lo convertía en uno de los criminales más atroces de la historia de México.


Durante años, las desapariciones en la zona se sucedieron sin que las autoridades lograran establecer una conexión entre ellas. Mujeres jóvenes, en su mayoría, se desvanecían en la nada, dejando atrás a familias desesperadas y una comunidad sumida en el miedo. Los casos se archivaban uno tras otro, catalogados como simples desapariciones, sin ahondar en las posibles causas.



En mayo de 2021, la desaparición de Reyna González, una joven de apenas veinte años, desencadenaría una cadena de eventos que sacudirá los cimientos de la tranquila colonia Lomas de San Miguel. Un familiar de Reyna, ante la desesperación, decidió acudir a las autoridades para denunciar su desaparición. Los agentes, siguiendo un vago indicio, llegaron hasta la puerta de la casa de Andrés Filomeno Mendoza Celis.


Al cruzar el umbral de aquella vivienda aparentemente normal, los agentes se encontraron con una escena que desafiaba cualquier imaginación. El olor a descomposición era insoportable, y los restos humanos esparcidos por toda la casa conformaban un macabro rompecabezas. En una de las habitaciones, el cuerpo de Reyna González yacía parcialmente desmembrado, y en la cocina, restos óseos cocinados en una olla.


La casa de Mendoza Celis se convirtió en una morgue improvisada, donde los investigadores trabajaron durante semanas para recolectar evidencias y reconstruir los horrores que se habían cometido en su interior. Cada rincón de la propiedad escondía nuevos hallazgos: herramientas de jardinería oxidadas, manchas de sangre impregnadas en el suelo, y un sótano donde se encontraron restos óseos de al menos una decena de víctimas.


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